Walter: el perro que me enseñó que el amor no alcanza

Por Alejandro — fundador de DogEpiMonitor


Hay pérdidas que no se superan. Se aprende a vivir con ellas, a cargarlas de otra manera, a transformarlas en algo que tenga sentido. Esta es la historia de Walter, mi pastor alemán de pelo largo, y de cómo su muerte me llevó a crear algo que espero que a vos —tutor de un perro con epilepsia— te cambie la vida de la misma manera que él me cambió la mía.


Walter, el oso de Ejea de los Caballeros

Walter nació en 2011 en Ejea de los Caballeros, un pueblo de la provincia de Zaragoza, España. Pariente lejano de Thor de los Rubios, campeón de belleza, aunque Walter nunca necesitó de ningún pedigrí para conquistar a nadie.

Lo vi por primera vez en una foto de la camada. Se la mostré a mi esposa y a mi hija, y los tres nos enamoramos en el acto. La pregunta era cómo traerlo hasta Madrid sin tener coche. Al final un conocido se ofreció, y fuimos hasta Ejea a buscarlo. No fue un viaje, fue una expedición. Y cuando llegamos y lo vimos en persona, entendimos que íbamos a traer a casa un oso.

Era enorme. Alto, muy alto, de pelo oscuro y abundante, con ese porte de pastor alemán de pelo largo que intimida a quien no lo conoce pero que a los cinco segundos ya te tiene la cabeza en el regazo. Se ganó el corazón de todos los vecinos de Móstoles, el lugar que lo vio crecer y, años después, morir.

Le encantaba la pelota, el mordedor, y revolcarse en cada charco de barro que se cruzaba en su camino —y cuando digo cada charco, es cada charco—. Tenía un apetito monumental. Las salchichas eran su perdición: cuando el empleado del supermercado llegaba con las bolsas de la compra, Walter ya había identificado cuál era la bolsa correcta antes de que entrara por la puerta. Mi esposa una vez le dio una salchicha y le ordenó que me la llevara a mí, al otro extremo del comedor. Walter, llorando de la emoción pero obedeciendo, cruzó el salón y me la entregó con una delicadeza que todavía no entiendo cómo era posible en un animal de ese tamaño.

Un vecino que estaba estudiando K9 para la policía le encantaba jugar con él. Me decía que Walter, sin ningún entrenamiento formal, era tan obediente como su perro de servicio. Claro que a él le hacía caso. A mí, no siempre. Eso también era Walter.


La tarde que todo cambió: la primera convulsión por epilepsia canina

Tenía treinta meses cuando empezó la pesadilla.

Llevaba unos cinco días decaído, sin energía, con el veterinario diciéndonos que probablemente era algo digestivo y que siguiéramos una dieta especial. Al quinto día, estábamos mi hija y yo en el comedor. Walter se fue solo hacia el balcón, se puso rígido, y de repente se derrumbó de costado.

Y empezó a convulsionar.

Yo no sabía lo que estaba pasando. Mi esposa no estaba en casa. Mi hija, pequeña, se desesperó igual que yo. Traté de mantener la calma, de actuar como si fuera una emergencia humana, y cometí todos los errores que se pueden cometer: lo sujeté, le metí la mano en la boca para que no se mordiera la lengua, le hablé como si pudiera escucharme. Pero Walter no estaba consciente de nada. No estaba ahí.

Dos minutos. Dos minutos que fueron una eternidad.

Cuando volvió en sí, dejó un charco de babas en el suelo, se levantó desorientado, y empezó a dar vueltas en círculos por todo el departamento. Tardó en reconocerme. En volver a ser él. Jamás, en ninguna de todas las crisis que vinieron después, me lastimó. Eso también era Walter.

Al día siguiente fuimos al veterinario. Jesús, un ser humano extraordinario, empezó los estudios de inmediato. Y desde ese día las crisis no pararon.


Vivir con epilepsia canina: el calvario que nadie te prepara para enfrentar

Las primeras semanas eran dos crisis por día: una de madrugada, otra por la tarde. A veces yo estaba solo. A veces estaba la familia. Siempre era devastador.

Con el paso de los meses, los tratamientos no daban resultado. Las crisis aumentaron. Llegó a tener cinco en un solo día. Ya no aceptaba las pastillas. Los días se convirtieron en un calvario para todos: para Walter, para nosotros, para los vecinos que lo querían como propio.

Los especialistas del ejército español lo revisaron y dieron un diagnóstico devastador: había que sacrificarlo. Me negué. Nos negamos. Tenía esperanza. Él tenía que ponerse bien.

Lo que yo no tenía —y esto es algo que me persigue hasta hoy— eran herramientas. No tenía nada. Libretas dispersas. Fotos en el celular sin orden. Medicaciones distintas a dosis variables que yo anotaba como podía. No había manera de ver el patrón, de saber si algo estaba funcionando, de llevarle al veterinario un registro coherente que le permitiera tomar mejores decisiones. Todo era caos. Y en el caos, el miedo crece más rápido que cualquier solución.

Lo más duro era dejarlo solo. Cada vez que salíamos era una angustia. ¿Y si le daba una crisis sin nadie? ¿Y si nadie podía ayudarlo?


El final que todavía me duele escribir

Un domingo tuvo tres crisis en cadena, seguidas, en pocos minutos. Cuando llegamos a la veterinaria de guardia, las veterinarias se miraron entre ellas. Yo entendí ese silencio.

Walter había perdido la vista. Tenía parálisis en las cuatro patas. Respiraba con dificultad. El daño neurológico era irreversible.

Me ofrecieron internarlo. Pero ya sabíamos lo que significaba eso. Y como Walter era mío —o mejor dicho, como él me había adoptado a mí— tuve que tomar la peor decisión de mi vida.

Walter murió el 1 de junio de 2014.

Escribo esto en febrero de 2026 y todavía lloro al recordarlo. A día de hoy no me he recuperado del todo. Probablemente no me recupere nunca. Pero aprendí a transformar ese dolor en algo que tenga sentido.


Once años después, una promesa

Poco tiempo después de perder a Walter, la vida siguió moviéndose como siempre lo hace aunque uno no quiera: mi suegro enfermó, y mi familia decidió volver a Argentina después de catorce años en España.

Los años pasaron. El dolor de Walter nunca se fue. Se fue sedimentando, haciéndose más denso, más silencioso, pero siempre presente.

Hace once meses, en uno de mis momentos más oscuros, fue mi perra Frida —una pastora alemana preciosa, igual que mi angelito— quien me sacudió de adentro. Me vi en el espejo y me dije: no puedo seguir así. Tengo que hacer algo productivo con este dolor.

Y pensé en Walter. En lo solo que me sentí esa noche de la primera convulsión. En las libretas desordenadas. En no saber si el tratamiento estaba funcionando. En tener que reconstruir todo de memoria cada vez que iba al veterinario. En cuánto hubiera dado por tener una herramienta que me acompañara en todo eso.

Empecé a desarrollar un programa simple para registrar crisis de perros epilépticos. Y cuando terminé, me pregunté si existía algo parecido en el mercado.

No existía. Nada. Ninguna herramienta diseñada específicamente para tutores de perros con epilepsia.

Lo busqué en foros de expertos, en comunidades de tutores, en páginas especializadas. Y encontré algo que me partió el alma y al mismo tiempo me dio propósito: miles de personas reclamando exactamente esa herramienta. Tutores igual que yo, solos frente a sus libretas, igual de perdidos que yo lo estuve.


Nació DogEpiMonitor: más que una app para epilepsia canina

Con todo lo que aprendí —lo que esos tutores necesitaban y lo que yo hubiera necesitado en 2014— nació DogEpiMonitor.

No es solo un registro de crisis. Es una aplicación de acompañamiento real para tutores de perros epilépticos. Registra cada episodio con todos los datos que importan, analiza los patrones, y puede ayudarte a anticipar cuándo puede producirse la próxima crisis. Te educa sobre cómo cuidar a tu perro en cada etapa. Y con un solo clic genera informes detallados, ordenados cronológicamente, con medicación y estudios incluidos, listos para llevarle a tu veterinario.

Porque eso también es importante decirlo: DogEpiMonitor no reemplaza al veterinario. Todo lo contrario, lo potencia. Lo que antes tardaba horas en reconstruir de memoria ahora está en un informe claro, preciso y completo.

Pero hay algo más. Porque yo sé que esta enfermedad no solo la sufre el perro.

La sufre el tutor que no puede salir de casa tranquilo. La sufre la familia que se organiza entera para que el perro nunca esté solo. La sufre quien se despierta de madrugada y se queda mirando si el pecho sube y baja.

Por eso DogEpiMonitor tiene también un foro y un chat: un espacio donde los tutores podemos encontrarnos, acompañarnos, y no sentirnos solos en esto. Y donde veterinarios especializados de distintos países participan activamente, responden dudas, y aportan su conocimiento.


Para los que hoy están donde yo estuve

Si llegaste hasta acá es porque tenés un perro con epilepsia. O alguien cercano lo tiene. O porque estás buscando respuestas en un momento donde todo parece caótico.

Te entiendo. Sé exactamente lo que estás sintiendo.

No puedo devolverle a nadie a su Walter. Tampoco puedo devolverme al mío. Pero sí puedo ofrecerte lo que yo no tuve: una herramienta diseñada con el amor y el dolor de alguien que estuvo exactamente donde vos estás.

Eso es DogEpiMonitor. La app que hubiera cambiado mi historia con Walter.


¿Tu perro tiene epilepsia? Probá DogEpiMonitor gratis y contame cómo te ayuda. Tu historia también importa.

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